El Vitral


El cuarto estaba oscuro, pero él sabía que tenía que hacer,  se levantó de aquel diván viejo y polvoso, y volteo la mirada  lentamente, tomo su abrigo y salió de la casa que tanto le había albergado esa mañana, descubrió que las noches no son todas iguales, pues él encontró aquel aparador, en el que se encontraban escaparates para dama de gran abundancia capital, ahí el encontró una mujer. Ella, de cabello largo, brilloso, y negro; de piel blanca sugerente a la crema y con un aroma que él no podía disociar  de las maravillas de la vida que alguna vez tuvo; ella con los ojos llenos de melancolía, pero que no negaban nunca su miserable destino, pues escuchó como se acercó lentamente él.

Cayó de su mejilla aquella lágrima que tanto rodó por el rostro aterciopelado, mientras que él extendió su mano para no dejar caer aquella sensación de tristeza de la que ella se desprendía.

Él la miró, recogió sus hombros y con una voz pausada, pero llena de energía le cuestiono su destino, ella nunca dudó de la sensación dulce amarga de la presencia de aquel personaje que tanto la había observado, pues ella, no lo notó sólo al momento de que la acogió en sus brazos. Lanzando un profundo y tambaleante suspiro, le contestó: No me conoces, ni yo a ti y sin embargo, no temo pues tu caricia me dio una nueva esperanza, pero dime, ¿eres tu acaso el que va a corregir mis errores?

Él, en su mirada penetrante, melancólica, pero seductora mostró una señal de duda, detuvo sus manos un momento las recogió y las guardo en su abrigo, saco un cigarrillo, y lo encendió, lanzando a media fuerza el humo, él reconoció aquella pregunta ya que al levantar su mirada descubrió que nunca se reflejó en el gran vitral y sólo se podía observar la luz emitida por el cigarrillo; emitió un pequeño suspiro y le contestó: ¿Es que no me conoces?, ¿No sabes o no tienes idea de quién soy en realidad?. Ella, por vez primera reprimiendo aquella emoción de miedo y más por lo que él le había nuevamente cuestionado, volteó y lo observó de los pies, a la cabeza, sin encontrarle algún defecto, ella lo abrazo y le dijo: no sé, pero si tú no eres quien yo creía entonces puedes cubrir aquel instinto de asecho y cortar mis venas, siendo que mi vida hasta aquí llego,

No temas, le dijo él, acaso por ser diferente crees que soy un monstruo, a veces los nervios y la imaginación nos juegan una mala broma, pero aquella diferencia no nos distancia mucho de mí y los demás; aunque tienes toda la razón en que voy a cubrir  aquella ansia que tanto me acongoja, y de la cual me es necesaria para sobrevivir, pero dime ¿porque no temes?

Ella esbozó una sonrisa un poco sarcástica, y le dijo que su vida no era para más y que no sería ninguna pérdida, ya que sólo se dedicaba a sacar las carteras de los ebrios de las cantinas y estafarlos de manera más cruel que te puedas imaginar. Él agitó su cabeza con zozobra, y dulzura tanto que ella se le abalanzó a su cuerpo y me dijo: además en ti siento aquel amor cruel que hace unir a todos los seres y por eso desnudo mi alma al decirte quien soy, dime ahora tu qué haces?  El la recogió nuevamente, le tomo del pelo que tanto él había admirado y se lo acerco a su nariz para oler aquel perfume barato, pero que a él no le importó y haciéndoselo a un lado le dijo que no se preocupara, y le beso el cuello con tal dulzura que ella arremetía con mayor fuerza, abrazándolo con mayor intensidad, y él, respondió a los impulsos que en alguna ocasión tuvo cuando aún tenía vida normal, pues ella fue la primera dama en la que nunca tuvo que hacer referencias a sus viejos trucos para hacer que ella cayera engañada. Volvió a levantar su cabeza y miro nuevamente por el vidrio en el que sólo se veía ella inclinada en una posición adecuada para sacar sus colmillos y posteriormente clavárselos en su tersa piel de aquel cuello que tanto admiró, pero que tenía que afrontar aquella perdida pues él nunca volvería a vivir y volver a sentir aquella mujer que le despertó nuevamente el sentimiento de la vida, titubeante él se alejó un poco de su piel y sin que notara rodó de sus ojos la primera lagrima en cientos de años y al sentir el intenso calor que quemaba su cuerpo se encontró sin otra opción que seguir su instinto para mantenerse en pie, pero él ya no encontraba razón.

Ahora todas las noches, él sale caminado y llega al viejo vitral al que alguna vez se volvió a enamorar, pensando si nuevamente llegara un amor a su viejo corazón, al que no tentó esa ocasión,  pues aquel momento se encontraba en una situación delirante, desposeída y hambrienta, tomando nuevamente el cigarrillo lo enciende para así observar aquella luz reflejada en el vidrio del aparador y sentir nuevamente en sus recuerdos aquella dama que lo hizo sentir diferente y pensar si realmente vale la pena tener aquella vida eterna, pero vacía de amor.            


Rodrigo Arturo Aguirre

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